Esta semana la he pasado en navegando en Cadiz.
Desde este verano que aprendi a pilotar catamaranes estoy encantado con el mar.
Toda la vida varado en la arena. Toda la vida pensando que la vela era para los ricos, o para los que llevaban desde pequeñitos practicando.
Cuantos prejuicios infundados tenemos en la vida sobre muchas cosas.
Y cuanto nos perdemos por no romperlos. Te puedes pasar toda la vida sin saberlo. Incluso no averiguarlo nunca.
A veces un pequeño paso puede abrir muchisimas puertas en tu vida. Puertas que estaban cerradas desde siempre.
Me acuerdo del dia que Jose y yo nos dimos aquel paseo, en Julio, sin saber lo que vendría detrás. El martes estuvimos pensando en comprar un cata de segunda mano.
Mi abuelo era pescador. Se levantaba de noche para ir a pescar en un barco de vela latina. Volvia al atardecer para vender el pescado en la playa. De eso comieron mi madre y mis tíos desde siempre. Mi madre siempre dice que mi abuelo era muy bueno. Siempre le decía a mi abuela que le diera la cena primero a las niñas, antes que a él. Eso a pesar de pasarse todo el día soportando el frio, el sol, el salitre...
Mi tío Manolo era marino. Marino mercante. Recorrió medio mundo embarcado. Le mandaba postales a mi madre y a mi tia desde sitios tan exóticos entonces como Buenos Aires o Nueva York. Mi tio murió de cancer. No habia cumplido los 45 años.
A mis 37 años estoy descubriendo cosas de mi mismo que no sabía que estaban dentro de mi. Siempre me ha gustado el mar pero no sabía hasta que punto.
A lo mejor debería haber sido pescador o marino.
Voy a volver al mar.
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