miércoles, 17 de agosto de 2011

La tia quitagustos

Hoy mi madre ha contado nuevas historias de sus padres. Historias de otra época.

No existían mochilas, o como mi madre las llama macutos. Los pescadores y hombres del campo se hacían bolsas con esparto. Con su saquito principal y sus bolsillos laterales. Le ponían tapas y todo tambien de esparto y hasta sus botones para cerrarlas. Le cosian tiras y se las prendían en la espalda. Ahi metían los aperos, las ropas y lo que llevaran para las jornadas de trabajo. Las conocían como "barzas".

Las mujeres iban a llevarles comida cuando volvían a puerto con lo que hubieran pescado. Cuenta mi madre que entre los muchos hombres de mar habia una mujer que era algo tacaña. Cuando les traia comida a sus hijos era siempre un poco escasa. Hasta que un día les trajo unas manzanas que parecian mas bien olivas gordales. Imagina esos hombres curtidos de sol y salitre, todo el día desde la madrugada bregando en el mar para traer el pan a casa y que de postre les traen esas manzanas, no pudieron mas que hacerselo ver a su madre, a lo que ella les respondió: "¡Pero si son para quitarse el gusto!". Con la tía quitagustos se quedó.

Pero la que me ha hecho reirme de verdad ha sido la historia del lebrillo. Mi madre y mis tios de pequeños pasaban temporadas en casa de la tia Lucrecia, en Santa Pola. Lucrecia y Norberto eran familia de mis abuelos y compartían muchas cosas. Norberto no era muy hablador, de hecho le costaba hablar. Tenía dificultades en expresarse y cuando quería decir algo daba muchas vueltas, moviendo el cuello como si le doliera. Como todos lo conocían ya se lo veían venir, y cuando hacía eso le preguntaban hasta que se lo sacaban.

En la casa se juntaban muchos adultos, abuelos y niños, por lo que había que compartir camas. Una noche, Norberto y mi abuelo dormían en la misma cama (vaya Vd a saber porqué motivo). La casa era una casa de campo, con el retrete donde las gallinas, asi que en cada habitación tenían un orinal y en el pasillo un bidón para verter el contenido del orinal en el caso de que se llenara. Esa noche mi abuelo se despertó un par de veces para mear. La segunda vez que lo hizo tanteando cogió lo que pensó era el orinal, que además parecía que Norberto había debido vaciar ya. Cuando terminó la meada se percató de que aquello no era tal orinal, sino un lebrillo. Y es que la tía Lucrecia guardaba bajo la cama también los lebrillos con los que cocinaba y mi abuelo en el sueño de la noche lo confundió con el orinal. Pero la cosa no acabó ahí, porque Norberto oyendo a mi abuelo maldecir se despertó y se dió cuenta. Al día siguiente, Norberto no paraba de menear el cuello como si se quisiera convertir en una jirafa. Lucrecia le preguntaba pero él no hablaba ni a la de tres. Hasta que ya no pudo más y lo soltó. "Que Manuel anoche se equivocó y se meó en un lebrillo". No puedo parar de reirme al pensar en la cara de sofoco de mis abuelos, las risas de mi madre y mis tíos y los esfuerzos del pobre Norberto porque no se le notará lo que había visto la noche anterior. A pesar de aquella anécdota, siguieron pasando muchos mas años en Santa Pola.

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